domingo, 2 de enero de 2011

LA VOZ



Un hombre que se ha equivocado repetidamente, sabe cuando ha llegado al punto sin retorno. Es el sitio donde el error se convierte en un estilo de vida, inducido por la necesidad de aplacar el constante desequilibrio que domina al desdichado. Esta urgencia conduce a adquirir vicios peligrosos, a apartarse de uno mismo y del camino, a vivir fuera de la realidad. El infierno es un sitio real y de fácil acceso. Muchos viven allí toda su vida, pero no se percatan de ello porque están profundamente adormecidos. El pecado es real e implacable. Pecar significa errar. Equivocarse, perder el rumbo.

Por entonces,  andaba un poco más perdido de lo acostumbrado, había sido despojado de su individualidad y vivía para saciar las necesidades de un ejército de egos que se alimentaban de su energía. Estos parásitos vivían en su psiquis y conducían todas sus acciones (llámenlo despersonalización o como quieran). Bueno, lo cierto es que el 80% de su existencia era vivida por los egos que esclavizaban a su mente. Era plenamente consciente de la situación, pero no tenía la fuerza necesaria para revertirla. Sus verdugos mentales eran más fuertes que él. Los había ido fortaleciendo durante mucho tiempo con la mala utilización de la energía psíquica. Los demonios lo esclavizaban y utilizaban a placer.
Quiero que sepan que estoy hablando de sanguijuelas cerebrales, de parásitos psíquicos, de horribles trampas diseñadas para atrapar y someter al hombre.
Vivía en el infierno y lo sabía. Era horrible, terrorífico, insostenible.
El punto del no-retorno conduce a la ruptura. Cuando el miedo a la locura se desvanece, la energía demencial circula libremente por el cerebro.

Despertó a la una de la madrugada, terriblemente excitado. Se puso un abrigo, realizó un par de llamadas y decidió salir a despejarse. Sabía que abandonar la cueva en ese momento podría ser una mala idea, significaba problemas. Pero de todas maneras, necesitaba descargar la excitación, no podría seguir durmiendo tranquilamente.
Llegó a la casa, impregnado de una diabólica sensación de poder. Tenía todo bajo control, podía dominar la situación y a las personas. Sentía un magnetismo maléfico, una sensualidad que lo hacía superior a los demás. Entró, saludó apuradamente a los conocidos y se perdió entre la gente. Era una fiesta tranquila, pero esa aparente tranquilidad estaba cargada de peligro y vicio. Podía sentirse el aquelarre psíquico en funcionamiento.
Fijó la atención en un grupo que despertó su interés. Eran dos hombres y tres mujeres, sentados en círculo sobre confortables sillones. Uno de los sujetos era extraño y enigmático; no poseía ningún rasgo especial que lo hiciese sobresalir, pero tenía algo diferente y único. Simplemente lo tenía. El hombre enseñó el puño cerrado y lo abrió sobre la mesa...

Hago una pausa. Tengo unas ideas que necesitan ser expulsadas ahora mismo (si te parece mal interrumpir un relato de esta manera, deja de leer. Si no te importan esas cosas, continúa leyendo).
Me pregunto de donde viene esta Voz que se apodera de mi cerebro y me obliga a crear cosas que nunca deseé crear. Historias que no son mías, ideas que no me pertenecen. Esta Voz viene de lo más profundo del ser y crece en el silencio, en la simple contemplación del escenario cotidiano. Pero no sé cómo se mueve a través del tiempo y el Espacio. No se trata de mi Voz, es de otra mente. Es probable que esa mente ajena también perciba que La Voz no le pertenece y crea que llega a ella desde algún Espacio. La Voz está en el universo, se mueve, viaja, contacta a los hombres que le interesan. Selecciona cuidadosamente a sus discípulos.
No realizo esfuerzo alguno al dejarla hablar. No gasto energía en el acto creativo. Dejo que La Voz hable a través mío como si fuese un huracán de energía psíquica. Le doy plena libertad para decir lo que le plazca. Y lo hace. No intervengo en El Proceso. No decido nada. No tengo el control.
La Voz me acompaña durante el día y la noche. Por temporadas se aburre debido a que nuestra conversación se hace floja y monótona. Entonces viaja y llega a otro oído virgen, a una mente fresca que sea capaz de sorprenderse con sus ideas. Y cuando agota la relación con esa nueva mente, viaja de nuevo. Nunca se detiene. Viaja a través del tiempo en busca de mentes que le permitan expresarse. La Voz es poderosa, eterna e inmortal. Se fortalece en la quietud y ama el silencio. Tiene predilección por las mentes calmas y vacías.
Ahora amenaza con marcharse. La extrañaré. Es una gran compañía en la soledad nocturna.
Cuando me abandona, me siento vacío e inútil.
Temo no volver a oírla. Eso significaría la muerte de mi arte. No puedo crear sin La Voz.
Recientemente, he descubierto la existencia de millones de Voces hambrientas, en busca de mentes para reproducirse. Yo las dejo venir a todas. Algunas son terribles, pueden llevarte a la locura en un corto período de tiempo. Unas vienen del infierno, otras son angelicales.
El estar en permanente contacto con estas Voces ha producido una especie de ruptura en mi interior. Hablo influenciado por diversas percepciones que se disputan el control de mi mente. Yo no soy yo. Yo soy muchos.
Ahora La Voz se marcha. Por ello este escrito acabará de forma abrupta. Ya que nadie puede crear sin La Voz. Entonces, aquí las palabras fallan, se vuelven rebuscadas, débiles y confusas.
La historia que deseaba retomar quedará inconclusa. Sé como termina, pero no puedo narrarla... La Voz se ha ido... Estoy vacío... No puedo hablar más... Esto es todo... El testimonio de La Voz...
Cuando La Voz regrese, el arte surgirá de nuevo. Mientras tanto, sólo me resta echarme a dormir.
Permanezcan atentos a Las Voces del silencio... Ellas saben... Conocen el secreto de la creación.


Las Voces del silencio

La ausencia yace sobre el sexo de nuestra carne,
como todas las estúpidas palabras
que hemos pronunciado en busca del silencio
y el amor universal.
Porque la fragilidad de estas palabras
ha crecido en mi interior, cuando en verdad, es al silencio a quien deifico con los silencios no callados; y todas las palabras son abismos, muertes o venenos
desgarrando la inocencia de mi alma.
Las palabras hieren.
Y el alma es falsificada por nuestra pérfida lengua asesina.
Calla ahora, hermano mío.
Permanezcamos invisibles en el vacío del vacío.
Toma mi mano; yo te llevaré a lo impronunciable,
allí te encontrarás a ti mismo despojado de ti mismo. Aprenderás el lenguaje del silencio,
y los demonios descubrirán tu nombre.
Entonces, nuevamente volverás a devorar el beso de la carne. Sé qué siempre te ha fascinado observar
a la carne apretujándose, doblándose,
quemándose ante el ardor de nuestros ojos.

Silencio:
                O estas palabras estrangulándose
en la tierra del vacío. Ya descifran el lenguaje de tu nada;
las palabras te conocen, y estos espacios blancos
seguirán siendo tu hogar.
Un grito enmudecido
                Un lamento entre los árboles nocturnos
Fiebre y carne. Selva, sol y sangre…

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