sábado, 1 de enero de 2011

TRES MANERAS DE CAMBIAR DE VIDA EN LA OFICINA

                                       
          I


Era una mañana lluviosa y gris. Llegó temprano a la oficina. Se dirigió al baño de inmediato. Allí ingirió 7 gotas de Clonazepam y 2 comprimidos de Venlafaxina. Ahora estaba con la química necesaria para desenvolverse en un ambiente de burócratas, políticos y diplomáticos. Una vez en su escritorio, encendió la computadora, se colocó los auriculares e introdujo un disco de “Pink Floyd” en la máquina. Se relajó en una silla giratoria, aguardando la llegada de sus compañeros. El jefe fue el primero en llegar.
Estaba escuchando: “One of this days I’m gonna cut you into little pieces”. Al ver al jefe parado a su lado, se sacó los auriculares, se enderezó en la silla y lo saludó con tranquilidad. El jefe empezó a dictar orden tras orden, (oía las ordenes muy lejanas y con el volumen bajo) con su voz de marica estreñido. Los movimientos de su superior parecían irreales, era como si flotara en un sueño mientras gesticulaba femeninamente... Últimamente, había estado excediéndose con el Clonazepam. Las 7 gotitas ingeridas prácticamente en ayunas, lo dejaron en un plácido estado de indiferencia y somnolencia. No hacía más que asentir con la cabeza ante cada orden. El jefe terminó de dictar las órdenes y se marchó a su lujosa oficina, ubicada al lado de la suya.
Tomó anotaciones de lo que tenía que realizar esa mañana (el jefe le había dicho que debía ponerse a trabajar de inmediato). Volvió a ponerse los auriculares. “Be careful with that axe, Eugene” penetraba sin problemas en su mente adormecida.
Pronto la somnolencia se convirtió en un sopor insoportable. Los párpados pesaban toneladas. Quedó dormido. La música se transformaba en imágenes oníricas que veía en su cabeza. Soñaba que perseguía a su jefe con un hacha por todo el edificio. Veinte minutos más tarde, éste volvió para controlar si había empezado a trabajar. Lo encontró  hundido en un plácido sueño. Le despertó subiendo al máximo el volumen de la computadora. Esto ocurrió cuando estaba en el clímax del sueño, en el que había alcanzado al jefe y oía sus últimas súplicas antes de rebanarlo en pedacitos. Despertó bruscamente, con el cerebro saturado de adrenalina. Ésta se disparó como una bomba y se distribuyó rápidamente por todo su organismo (efecto producido por la Venlafaxina, droga que eleva los niveles de noradrenalina en el cerebro). Tenía los ojos inyectados en sangre. Se sacó los auriculares. Y en un acto compulsivo y automático, tomó el punzón del escritorio y lo incrustó en el ojo izquierdo de su jefe.
Su vida cambió para siempre desde entonces.  
                                      
 II


Llegó a la oficina completamente desquiciado. Estaba sin dormir. Se había pasado bebiendo y esnifando la noche anterior. Entró a pasos lentos y desganados.
- Buenos días a todos- dijo en un susurro sarcástico.
Además de él, en el escritorio de enfrente estaba la rubia sexy que lo volvía loco y un compañero que era “un buen tipo”.
Nadie se percató de su lamentable estado. Pero sospecharon que algo andaba mal cuando encendió la computadora y puso un disco de “Nirvana” a todo volumen. Luego sacó una petaca del portafolio y bebió un trago de whisky. Bajó con fuerza la petaca abierta sobre el escritorio; gotas de whisky salpicaron por todas partes, manchando papeles importantes.
Los compañeros miraban atónitos y temerosos. Esta  conducta no era habitual en él. Siempre había sido un tipo relativamente “normal”. Lo único que tenía de excéntrico, eran las continuas erecciones que padecía al observar las piernas bronceadas de la despampanante rubia que coqueteaba tácitamente con él. 
Guiado por la idea de lo que se supone que debería hacer un hombre al ver a un funcionario en ese estado de locura, el compañero fue hasta su escritorio para intentar hablarle, hacerlo entrar en razón.
-¿Qué demonios ocurre contigo? El jefe llegará enseguida –intentó mantener un tono suave y calmo, para no exaltar al desquiciado que tenía enfrente.
- El jefe está chupando pijas en la mansión del senador... ¡Váyanse todos al carajo!
- Bueno, ven conmigo. Te prepararé un café fuerte. Necesitas un poco de aire para despejarte.
Luego de dedicarle una mirada asesina al bien intencionado compañero, le pegó en la sien con la petaca. Y antes de que pudiera reaccionar, lo tomó del pelo y golpeó su cabeza contra el escritorio hasta desmayarlo.
La rubia estaba de pie, aterrada. Sus pechos se hinchaban por el miedo y la excitación. Fue hacia ella antes de que intentase escapar. Saltó rápidamente sobre el escritorio de la chica como un forajido del viejo Oeste. Agarró el vaso con agua que tenía enfrente y se tragó 2 anfetaminas. Luego salpicó los pechos de la mujer con el agua y la acorraló, empuñando el cortapapeles con firmeza. Sujetó el arma contra su cuello y colocó su potente erección entre sus piernas. Ella estaba paralizada por el miedo, no ofrecía ninguna resistencia. Le rasgó la blusa, dejó el cortapapeles sobre el escritorio y la besó con violencia. Después le levantó la falda, la puso de espaldas contra el escritorio y empezó a embestirla por detrás.
-¡Maldita puta! ¡Ahora verás lo que es bueno!.
El compañero al que había dejado inconsciente despertó y salió disparado de la oficina. Él siguió con el asunto y retiró su miembro del cálido milagro de la rubia al momento de eyacular. Luego la abofeteó con fuerza unas cuantas veces. La mujer cayó de espaldas y se golpeó la nuca contra un sólido mueble de mármol. Murió al instante.
Sin percatarse del crimen que había cometido, volvió a sentarse tranquilamente en la silla giratoria; bebió de la petaca y preparó unas cuantas líneas que esnifó compulsivamente.
Minutos más tarde, el guardia de seguridad llegó acompañado por un policía. Les dedicó una sonrisa indefinida y pidió permiso para ir al baño.
Su vida nunca volvió a ser la misma



                                          III


Llegó a la oficina demacrado, con los ojos vidriosos y el andar triste. Había una reunión importante con gente de otras instituciones de renombre. Sin decir palabra alguna, se sentó en la silla que estaba reservada para él y observó atentamente los rostros que tenía  alrededor. Simplemente no pudo soportarlo.
Abrió su portafolio, sacó una 38 y se la puso en la boca. Todos entraron en pánico. Tiró del gatillo y cayó al piso, moribundo. La sangre brotaba de sus fosas nasales como una catarata del infierno.
Su vida sufrió un brusco giro sin retorno. 

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