sábado, 1 de enero de 2011

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE RIXER



El príncipe Rixer era un hombre brutal. Poseía las tierras más hermosas de todos los reinos. Vivía en un hermoso castillo de oro, con un jardín lleno de flores y todo tipo de vegetación exótica. Estaba casado con una princesa radiante, una belleza que despertaba la envidia de los caballeros de las regiones vecinas.
Lozlat era su compañero preferido, un inmenso lobo blanco que se alimentaba de cerdos y corderos, encerrados en un corral especialmente para su subsistencia.
El castillo estaba adornado por un lago encantado, allí caía permanentemente una llovizna de diamantes pulverizados; además, había unicornios, hadas y criaturas nunca antes conocidas.
Rixer tenía un aspecto atemorizante, era como de cincuenta años, poseía un cuerpo fuerte y musculoso, su largo pelo gris adornaba un rostro bello y frío como un témpano. El mal resplandecía en sus penetrantes ojos azules y una tupida barba de unos diez centímetros de largo daba el toque final a su temible imagen. Siempre iba vestido con una capa negra y llevaba consigo un magnífico sable que manejaba hábilmente con su brazo izquierdo. Se trataba de un déspota extremadamente cruel. Mandaba asesinar a quienes no aceptaban subordinarse ante sus caprichos. Raptaba a las mujeres que le gustaban y las convertía en sus esclavas. Era admirado, temido y odiado al mismo tiempo.
Su única debilidad consistía en que su ejército fue disminuyendo paulatinamente en cantidad y calidad, ya que el desquiciado solía abusar de sus hombres, torturándolos y asesinándolos sin motivo alguno. Por ello la mayoría de sus mejores guerreros desertaron y fueron a unirse a otros imperios. Pero los pocos hombres que se habían quedado, le eran fieles hasta la muerte. Su volátil y temperamental carácter lo había llevado a cometer acciones imprudentes, a pesar de los consejos de sus confidentes. El hombre no temía a nada ni a nadie.
Algunos aseguran que practicaba ritos de algún antiguo tipo de magia negra. Se cree que de allí surgía su devastador poder.
En sus años de juventud, había asesinado en batalla a una gran cantidad de hombres. Entre ellos se encontraban varios guerreros legendarios de la época.
A pesar de las atrocidades que cometía, Rixer llevaba una existencia tranquila. Disfrutaba de sus tierras y sus mujeres, realizaba grandes festines y pasaba mucho tiempo jugando con Lozlat.
Pero pronto las cosas se complicarían, llevándolo rápidamente a la destrucción total.
El príncipe estaba obsesionado con una joven rubia de rostro angelical, poseedora de un cuerpo que excitaría a todos los dioses y demonios del universo. Era hija del jefe de una tribu de bárbaros que vivía en una comunidad cercana al reino.
Venía observándola desde hacía tiempo, la veía cuando ella iba al bosque a recolectar alimentos. Rixer la llevaba a pasear en su corcel azabache. La chica estaba vislumbrada con la presencia de este misterioso hombre y se sentía atraída hacia él a pesar de conocer los rumores sobre su locura y su desmedida crueldad. Se encontraban en el bosque una vez a la semana, entablan románticas conversaciones y pasaban buenos momentos juntos. Luego ella regresaba a su tribu y no contaba a nadie su secreto.
El príncipe sentía un respeto inusual hacia la chica, no había intentado forzarla ni llevársela al castillo. Era algo platónico y espiritual. Pero la maléfica energía que lo poseía por las noches, no tardaría en manifestarse.
Al caer la noche, Rixer se encerraba en una habitación secreta; cualquier curioso que osaba acercarse era decapitado de inmediato por su propia mano. Allí realizaba un antiguo ritual que había aprendido de su abuelo paterno, un iniciado en magia negra que había enloquecido y fue hallado muerto en las profundidades del bosque. El príncipe permanecía en la habitación durante horas, leía libros de ocultismo y bebía un poderoso brebaje que contenía láudano, ajenjo y alcohol. También le gustaba inhalar un poderoso vapor rosado que lo elevaba a un estado de éxtasis místico, pero al mismo tiempo, despertaba una agresividad incontrolable en él. Bajo el efecto de las drogas, cada madrugada, al abandonar su habitación, torturaba hasta la muerte a alguno de los prisioneros que tenía en el calabozo. Era su manera de descargar la maligna energía que poblaba su cerebro.
Un día, temprano en la mañana, cometió el error de inhalar un poco de aquel vapor infernal que lo enloquecía antes de ir a ver a su amor platónico. Montó en su preciado corcel y fue al bosque a encontrarse con ella, poseído por el sadismo y la violencia. La joven lo esperaba sonriente, alegre de volver a verlo, pero en la mirada del príncipe, notó algo que le heló la sangre. Rixer bajó del corcel y se dirigió hacia ella tambaleante. La besó con violencia y le rasgó la ropa. Sus hermosos senos al descubierto lo excitaron de inmediato. La chica lo empujó y se apartó de él. El príncipe volvió al ataque, desenvainando su sable y lanzándole terribles amenazas si no accedía a saciar todos sus deseos carnales. La chica empezó a correr por el sendero que la llevaba de regreso a su comunidad. Pero Rixer la alcanzó sin problemas, montado en su veloz corcel negro. La derribó asiéndola de los cabellos, luego desmontó de nuevo y se lanzó sobre ella. Sable en mano, lanzaba amenazas mientras la ultrajaba. Ella estaba tan aterrorizada que no emitía sonido alguno, sólo dejaba resbalar lágrimas de sufrimiento sobre sus hermosas  y pálidas mejillas. Cuando Rixer acabó su horrible acto, se incorporó, murmurando maldiciones hacia la tribu de su víctima. La humillada mujer lo insultó. Eso enfureció al drogado y alterado sádico; se acercó a ella, quien aún yacía en el suelo, y le realizó un profundo y largo corte en el rostro. Manejaba el sable con destreza, y la herida quedó perfecta, exactamente como la tenía en mente. Luego montó en su animal y pegó la vuelta hacia el castillo, susurrando palabras ininteligibles en una lengua extraña.
Al día siguiente, la desgraciada muchacha, aún en estado de shock, relató detalladamente los acontecimientos a su padre. Rixer cometió el error de no haberla matado. Ello le acarrearía problemas inimaginables. El jefe de los bárbaros fue poseído por la ira. Ávido de venganza, decidió tomar la decisión inevitable, atacar el castillo y acabar con ese endemoniado príncipe.
Los bárbaros partieron en la noche. Portaban flechas envenenadas, hachas y lanzas. Además, tenían todo tipo de armas caseras y trampas mortales colocadas en lugares estratégicos. Nadie conocía el bosque como ellos.
Llegaron al castillo cruzando un pasaje secreto, andando silenciosamente con el sigilo asesino de las serpientes.
Al encontrarse cerca del castillo, algunos guerreros se sumergieron en el lago encantado, los arqueros se ubicaron en sus posiciones y acabaron rápidamente con los guardias.
Las hadas gritaban, los unicornios huían despavoridos. Lozlat fue hacia los enemigos con toda su furia salvaje, pero pronto fue herido mortalmente por varios flechazos envenenados. El corcel sufrió la misma suerte. La llovizna de diamantes se había tornado en una espesa lluvia de sangre.
Los guardianes reaccionaron de inmediato, pero los bárbaros ya se habían ubicado en posiciones privilegiadas, y no tardaron en derrotarlos. Las flechas exterminaron a la mayoría de los hombres. Otros fueron víctimas de las trampas colocadas en las cercanías del castillo. En la lucha cuerpo a cuerpo, los bárbaros eran invencibles, y con sus hachas, lanzas y demás armas, pronto arrasaron con sus enemigos. Mientras esto ocurría, el príncipe estaba encerrado en su habitación secreta. Consumía láudano e inhalaba el misterioso vapor rosado que lo enloquecía. Uno de sus hombres golpeó la puerta para avisarle que  el castillo estaba siendo atacado. Pero Rixer hizo caso omiso a su llamado. El hombre insistió y volvió a golpear, esta vez con mayor fuerza, anunciado a gritos que los bárbaros estaban acabándolos. El príncipe abrió la puerta, y sin pestañear, decapitó al mensajero con su mítico sable. Luego abandonó la habitación y fue a ver lo que ocurría. Se asomó a una torre del castillo y vio el horror. Su pequeño ejército había sido derrotado. Los bárbaros se disponían a derribar la puerta del castillo con un gran tronco.
La princesa despertó al oír el escándalo; asustada, buscó refugio en  los brazos de Rixer. Pero él le dijo que todo estaba bien y le pidió que regresara al lecho. Ella lloraba, aterrorizada, y suplicaba a su marido que hiciera algo. Eso es exactamente lo que hizo, la arrastró por el suelo y la encerró en el dormitorio. Luego bajó las escaleras, listo para acabar con estos invasores que osaban atacarle.
Los bárbaros derribaron la puerta y entraron al castillo. El príncipe se había ocultado en un pasadizo secreto que conducía a un sótano de emergencia por el cuál podía abandonar el castillo a través de un túnel que lo llevaría hasta el bosque. Los bárbaros incendiaron el sitio, saqueando y destruyendo todo lo que encontraban a su paso. Penetraron en la habitación de la princesa y la arrojaron desde la torre. El jefe buscaba al príncipe por todas partes, desafiándolo a pelear a gritos.
Pero Rixer se deslizaba rápidamente por el túnel, burlando a sus furiosos captores. Llegó al bosque y se internó en él, corriendo a gran velocidad. Hartos, los bárbaros dieron por finalizada la búsqueda.
El jefe descubrió el pasadizo secreto y ordenó a sus hombres que vayan hacia el bosque de inmediato. Los guerreros partieron a la caza del maligno príncipe.
En lo profundo del bosque, huyendo desesperado,  afectado por las drogas, Rixer cayó en una trampa utilizada para cazar animales. Quedó con la pierna izquierda destrozada, atrapado como un jabalí que tenía pocas chances de sobrevivir. Haciendo uso de todas sus fuerzas, se incorporó y siguió el camino trastabillando, oyendo los gritos de guerra de los bárbaros que se acercaban a él. Pronto lo alcanzaron, uno de ellos lanzó una flecha que se le incrustó en el hombro derecho. Pero el jefe de los bárbaros ordenó a sus hombres que dejaran de atacar. Él quería vengar a su hija con sus propias manos.
Se colocó detrás del príncipe y le ordenó que se diera la vuelta. Rixer soltó una maléfica carcajada gutural, semejante a la risa de los demonios mitológicos. Giró y desenvolvió el sable. Apenas podía mantenerse en pie y había perdido movilidad debido a la trampa que arrastraba con la pierna izquierda. El veneno de la flecha lo estaba matando lentamente; sentía mareos y se asfixiaba. El bárbaro lo atacó con un hacha, Rixer se arrojó al suelo para esquivarla. El jefe elevó el hacha, y cuando estaba listo para bajarla sobre su enemigo, el príncipe utilizó el sable de forma magistral. Primero le cortó las manos con una velocidad inhumana; una vez desprovisto de su arma, el atacante quedó paralizado durante unos segundos, Rixer se arrodilló y le incrustó el sable en el estómago. De inmediato, los demás salvajes se lanzaron sobre él y lo despedazaron.
El legendario príncipe Rixer había fenecido finalmente.
Días más tarde, en el reino seguía cayendo una espesa lluvia de sangre. Todos los hermosos seres habían muerto. El lago, otrora límpido y cristalino, ahora era un pantano lleno de horripilantes alimañas. La vegetación había desaparecido. Pero la habitación donde Rixer se encerraba por las noches permanecía intacta. De ahí emanaba una espesa bruma negra cargada con todo tipo de plagas; serpientes, langostas, arañas y escorpiones gigantes. La bruma fue creciendo en furia y densidad, hasta convertirse en un tornado lleno de demonios que aullaban salvajemente. El tornado arrasó con el bosque y llegó hasta la comunidad de los bárbaros. Las plagas cayeron sobre los habitantes, quienes fueron atacados por serpientes, escorpiones y arañas asesinas. Los miembros de la comunidad intentaron huir, pero todo sucedió demasiado rápido. El tornado arrasó con toda la tribu. Demonios sonrientes y burlones asomaban sus horribles rostros a través del viento, lanzando carcajadas guturales, semejantes a la que había dejado escapar Rixer antes de morir. El pueblo desapareció con el tornado, que ascendió a los cielos, lleno de hombres, plagas y demonios. Luego se perdió en las alturas. La única criatura que quedó con vida, fue la hermosa hija del jefe. Tenía un tajo en el rostro, pero su belleza seguía intacta.
Decidió viajar lejos para dejar atrás la desgracia que había tenido lugar. Fue a internarse a un convento. Luego de nueve meses, dio a luz a un hermoso niño de profundos ojos azules. La chica murió por complicaciones durante el parto. El niño fue criado y educado por las monjas. A los 15 años, violó a uno de las hermanas y le fracturó el cuello.
El linaje de Rixer continuaría por mucho tiempo.

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